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10 julio 2010

Homilía Misa de 111 Aniversario de la Consagración de Venezuela al Santísimo Sacramento de la Eucaristía

Debido a un error en la repetición de algunos párrafos, se vuelve a publicar el texto de la homilía, Puerto Ordaz, Polideportivo VENALUM, Sábado 10 de Julio 2010.

El día 2 de Julio de 1899, Venezuela en una solemne misa de Acción de Gracias en la Catedral de Caracas, se consagra al Santísimo Sacramento del Altar. En esta tarde más que recordar, celebramos el 111 aniversario de la Consagración de la República de Venezuela al Santísimo Sacramento de la Eucaristía, en estos años, no diferente, a los que le tocó vivir a la Iglesia, Pueblo de Dios en este país, al comienzo de la Evangelización, seguimos adelante con Jesús.

Saludamos a los hermanos que se congregan en esta memorable fecha para venerar al Dios de la Vida que asume la condición sacramental de la Eucaristía para presentarse como remedio a nuestra vida, nuestras limitaciones y nuestra necesidad de trascender al Amor auténtico, Jesús Sacramentado. A los hermanos de las parroquias de la Santísima Trinidad… Sagrada Familia… San Pedro y San Pablo… Corpus Christi y San Lorenzo…

Por ello necesitamos de Jesús en la Eucaristía más que nunca, para saciar nuestra sed de justicia y de verdad, ante tanta indiferencia y signos de violencia, entre los hermanos. Necesitamos devolver el camino de la humanidad al Encuentro con Dios.
El cristiano sabe que en la Eucaristía está la mayor verdad de la Iglesia, está el mejor momento celebrativo, está la mayor concentración de sanación y liberación. Tenemos que recordar que lo que celebramos es la Presencia Real de Jesucristo, Señor de la Historia.

Recordemos las palabras de los Obispos de Venezuela con motivo del Año de la Eucaristía 2005: “Al recibir el Cuerpo del Señor, el cristiano entra en comunión con Él, es decir, en la unión más íntima con Dios que es posible en este mundo. El Señor mismo, el Creador de cielos y tierra, viene a nosotros en la forma humildísima del pan y del vino consagrado, para que nosotros, recibiéndolo con fe, vivamos de su vida, caminemos en su presencia y gustemos anticipadamente la alegría del banquete del reino. Para cada fiel cristiano, la recepción de la Eucaristía se convierte en un "proyecto de vida", es decir, un modo de ser fundamentado en las actitudes del mismo Jesucristo, que se ofreció a sí mismo por nosotros (Cf. Fil 2, 5-8). Dentro de este contexto se ponen de relieve las actitudes de obediencia a la Palabra, oblatividad, sacrificio, comunión y solidaridad.

La Iglesia vive de la Eucaristía, que encierra en síntesis el núcleo de su ser. En este sacramento ve realizada la promesa del Señor: "Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20). La presencia de este divino Sacramento ha marcado, desde sus inicios, los días de la Iglesia, llenándola de esperanza. La Iglesia apostólica se nos presenta como modelo de comunidad eucarística, pues los fieles "se reunían asiduamente para escuchar la enseñanza de los apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones" (Hch 2, 42).

La Misa, ofrecida por el sacerdote y participada por los demás fieles, es nuestra oración más sublime, la más gozosa acción de gracias, anticipo de la gloria celestial, alimento que fortalece a los cristianos y causa de la unidad y de la fraternidad de la Iglesia. Por eso el Concilio Vaticano II enseña que el Sacrificio eucarístico es "fuente y cima de toda la vida cristiana". Con el Santo Sacrificio de la Misa, al hacer presente el único sacrificio de Cristo, la Iglesia incluye la ofrenda de sí misma. Ella ha de encontrar la razón y el vínculo de su unidad más sólida en la celebración eucarística” (1).

En nuestra hermosa patria, los españoles evangelizadores, para inculcar en el ánimo del pueblo la fe en la presencia real, promovieron expresiones populares como los Diablos danzantes, que han llegado a ser un elemento integrante de la cultura y el folklore en varias regiones del país. La costumbre de llevar la Eucaristía a los enfermos y el Viático a los moribundos tiene en muchos lugares un sentido y solemnidad profundos, con ornato especial no exento de belleza y devoción.

En este sentido desde ese comienzo de nuestra evangelización en 1498, se educó a los cristianos en el amor y la devoción al Santísimo Sacramento. El día del Corpus Christi es solemnizado habitualmente con la procesión por las calles y los "altares" arreglados por familias e instituciones. Se acostumbra dar gran relevancia al "Monumento" del Jueves Santo, como una manera de honrar la Eucaristía en el día de su institución. En muchas parroquias se celebran cada año las Cuarenta Horas, y de forma periódica otros modos de adoración al Santísimo Sacramento. Existen desde el siglo XVI cofradías del Santísimo en diversas ciudades de Venezuela.

Durante el siglo XIX se incrementó con fuerza el culto y adoración a la Eucaristía, que culminó con la consagración de la República al Santísimo Sacramento, y en 1907 con el I Congreso Eucarístico Nacional. A mediados del siglo XX las diócesis y los movimientos de apostolado promovieron campañas para la comunión pascual, sobre todo entre los varones adultos, que con frecuencia descuidaban la recepción de este sacramento.

A finales del siglo XIX, después de la difícil situación que debió afrontar la Iglesia durante la Independencia y la primera época republicana, y en vista de las nuevas perspectivas que se vislumbraban, surgió la iniciativa de consagrar la República al Santísimo Sacramento. El culto a Jesús sacramentado estaba teniendo entonces gran incremento, especialmente desde la fundación de la adoración perpetua en la Iglesia de Las Mercedes, en Caracas, en 1882.

Pero el principal propulsor de la consagración oficial fue el Pbro.
Juan Bautista Castro, capellán de la Santa Capilla, hombre ilustre por
muchos títulos y más tarde Arzobispo de Caracas. Para preparar este
homenaje fue constituida una Junta Nacional, la cual solicitó del
Episcopado Nacional, que consagrara a perpetuidad la República a Jesús
Sacramentado. Esta petición fue unánimemente acogida por los Obispos, y
así, el 2 de julio de 1899 el Arzobispo de Caracas, Mons. Críspulo
Uzcátegui, leyó por sí y en nombre de todos el Acto de la Consagración.

A mediados del siglo XX las diócesis y los movimientos de apostolado promovieron campañas para la comunión pascual, sobre todo entre los varones adultos, que con frecuencia descuidaban la recepción de este sacramento.

Momento de singular trascendencia fue la firma del Convenio entre la Sede Apostólica y la República de Venezuela, instrumento jurídico por medio del cual se ha regulado la relación Iglesia – Estado desde 1964 hasta nuestros días.

Hay que recordar la vida y obra de Monseñor Juan Bautista Castro, venezolano insigne, fue quien promovió la Consagración.

Monseñor Juan Bautista Pedro Alcántara del Rosario Castro Cuevas, nació en Caracas el 19 de octubre de 1846. Fueron sus padres el Sr. Bruno Castro y la Sra. María Casimira Cuevas de Castro, quienes murieron
dejándolo huérfano a temprana edad. Niño todavía entró en el seminario bajo la dirección del Pbro. Dr. Nicanor Rivero. Fue ordenado sacerdote en Barcelona, el 25 de diciembre de 1870, fuera de Caracas su origen, debido a que su Obispo Guevara y Lira, fue expulsado del País por el gobernante, Antonio Guzmán Blanco. Regresa a su diócesis caraqueña, donde desempeña diversas actividades pastorales. Fue encarcelado en 1881, por haber llevado públicamente la Eucaristía a un enfermo, actividad pastoral de entre varias prohibidas por Guzmán Blanco.

Su devoción a la Eucaristía se profundizó siendo capellán de la Santa Capilla, donde inició la adoración nocturna. En 1893, proyectó la doble fundación religiosas, una de los sacerdotes misioneros y otra las Religiosas del Santísimo Sacramento, o como se les conoce más, Adoratrices.

El mismo año de la Consagración de Venezuela al Santísimo Sacramento, fue nombrado por el Arzobispo de Caracas, como Vicario General y provisor de la arquidiócesis, cargo que le tocó desempeñar con aplomo y prudencia, ya que la grave enfermedad del Arzobispo Críspulo Uzcátegui, le impidió gobernar la arquidiócesis. En este cargo logró de manos del nuevo Presidente Cipriano Castro, la reapertura de los seminarios en Venezuela en el año de 1900, cerrados por Guzmán Blanco.

El 28 de octubre de 1903, el cardenal Merry Del Val, comunicó a Mons Castro que el Papa Pio X, le nombraba Obispo coadjutor, con derecho a sucesión.

A su regreso logra celebrar el I Congreso Eucarístico Nacional en 1907, siendo el octavo a nivel mundial y primero americano celebrado. Pero la vida no le daría mayor oportunidad, la de construir su más preciado tesoro, el primer Templo Expiatorio, o del Santísimo Sacramento, que en Caracas lograría Mons Cardenal José Alí Lebrún, en 1981.

También tuvo que testimoniar a Jesús, cuando ocurrió un atentado contra su vida, con el envenamiento, mezclando nitrato de plata en el vino donde consagraba el 18 de febrero de 1906.

Años conflictivos y de profunda fe, rubricaron en Venezuela un amor al ministerio y seguimiento de Jesús.

Pbro. Miles Useche
Fuentes:
1.- Carta Pastoral en el año de la Eucaristía. CEV. 11 de enero 2005 en http://www.cev.org.ve/doc_detalles.php?id=14
2.- LUQUE ALCAIDE. 2008. RESEÑA DE EL ARZOBISPO CASTRO A LA SOMBRA REFRIGERANTE DE LA DIVINA EUCARISTÍA (EN LA VENEZUELA REPUBLICANA) DE RAMÓN VINKE. Universidad de Navarra, Pamplona, España. Pp 518-519. http://redalyc.uaemex.mx/redalyc/pdf/355/35517119.pdf